En un buen libro titulado “Nada es como era”, de Alfredo Lamadrid, se me invita – en mi calidad de lector- a interiorizarme acerca del pasado, acerca de todo lo que ayudó a que seamos la sociedad actual. En ese llamado que me hace la literarura es que quiero, con mucho respeto, brindar un pequeño tributo a los grandes humoristas que han partido al teatro celestial. La verdad es que no tengo bien claro desde cuando nació el arte del humor, pero si tengo claro que es una disciplina de las más completas que existen, pues, es mucho más fácil para un actor cómico el hacer reír, llorar y reflexionar al público, que para un actor dramático el hacer reír.
Eduardo Tomás García Muñoz, nacido en 1944, casado con María Angélica Arancibia, padre de Yasna y Marcos, fue popularmente conocido como Eduardo Thomson, falleció en 2007, y con él se fue toda una generación que se relajó con sus rutinas, rió con sus chistes, sus remates, sus personajes, el entrañable “Tetera”, el tartamudo y nervioso maestro chasquilla “Pinto” con la mosca colgando del casco – de Pinto, Paredes y Angulo- “el Compro dólares” del Café Gigante de Sábados Gigantes, el “Chaqueta”, del que le colgaba la etiqueta del brazo, y además, los personajes “finos” en donde inmortalizaba la frase, “que páaasso”; otra de sus frases fue el “no estoy ni ahí” (luego adoptada por el promisorio tenista Marcelo Ríos), entre muchas otras rutinas. Su carrera empezó en el picaresque y luego como estelar del humor en el teatro “Bim Bam Bum”. En su carrera participó en las compañías de Revista de Mino Valdés, Pinto Paredes y Angulo, y por último en La Compañía de Daniel Vilches.
He Aquí una muestra del humor más picaresco del mundo, un recuerdo del gran Eduardo Thomson, en todo su esplendor;
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